Hagamos una fiesta. Cada vez vuelvo antes, y es para celebrarlo. Llego a los mismos sitios y los visito deprisa. ¿Acaso no son bonitas las reconciliaciones? O sólo ilusión.
Cuánta ironía en cada curva. Los matices. Los conjuntos.
Esta vez volví en autobús.
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He vuelto desde un sitio del que nadie regresa,
no sé si fui empujado o decidí esa ruta,
probé todas las aguas y deseché la fruta
que me ofreció el barquero con tanta gentileza.
Cuando emprendí el camino, llevaba en mi cabeza
la fiebre inmemorial de la eterna disputa
entre el ser cotidiano y esa idea absoluta
que asume muchas formas y en ninguna se expresa
mejor que en ese viaje hacia un tiempo sin fondo,
hacia el silencio puro y el vacío más hondo
que pueda imaginar la conciencia del hombre.
Yo toqué ese silencio, su densidad, su frío
y conocí al barquero y hasta el agua del río,
pero soy incapaz de pronunciar su nombre.
(Waldo Leyva)
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miércoles, 26 de septiembre de 2007
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